Anécdotas Hípicas Venezolanas presenta

Manuel Jiménez

Editado por Juan Macedo

 

Ya no deben quedar sobrevivientes del Hipódromo de El Paraíso de 1909. Como se sabe, en ese año fue inaugurado el viejo hipódromo, luego de trasladada la tribuna que estaba en el fugaz campo de carreras de Sabana Grande en 1896. Uno de esos pioneros fue Manuel A. Jiménez, que fue jinete, preparador y hasta propietario. Era magro, ágil, dicharachero. A su avanzada edad no se le notaba los efectos del almanaque como no sea en las equivocaciones que sufría por atribuirlo todo a su prodigiosa memoria.

 

A Manuel Jiménez lo llamaban “El Abuelito”. Hípicos veteranos como Nicolás de las Casas y Alberto Winckelmann le llamaban así. Se quedó con el cetro de decano de los hípicos venezolanos una vez que desapareció el viejo Juan Díaz.

                                          

Manuel Jiménez contaba que vio su primera carrera el 5 de julio de 1909. ¿Tendría diez o quince para esa fecha? Importa que viera ese día la carrera con la cual se celebraba uno de los tantos actos del centenario de la independencia.

 

Ese día corrieron algunos indios traídos del interior. Montaban en pelo y no usaban bridas. Estimulaban con el talón y con gritos a la vez que agitaban los brazos. Desde luego no les ganaron a los jinetes profesionales. Tanto emocionó el espectáculo al joven Manuel Jiménez, que se hizo jinete.

 

Todo era desordenado para entonces. Nadie tenía disciplina. Los jinetes se pasaban de vivos. No había puestos de pista y cada quien cogía el puesto que prefería si primero llegaba para tales menesteres. El jockey que lograba coger un “fly star” era considerado estrella.

 

Las primeras partidas no eran con cintas ni nada moderno. Se daban con gomas. El Juez tiraba de una goma larga, cuando daba la partida soltaba la goma con la mano izquierda y confirmaba bajando la bandera que tenía en la mano derecha. Cien metros más adelante había un juez auxiliar que confirmaba la partida bajando otra banderita.

 

Después se ensayaron las winchas con cintas, con su cúmulo de dificultades. Los cajones, sin resultado alguno. Finalmente, el starting gate australiano, de buenos resultados, Lo que hoy tenemos es el moderno starting norteamericano.

 

Para 1918, finalizando la primera guerra mundial, Jiménez quiere hacerse aprendiz, pero no hay medios. El General Félix Galavís le ofrece sus potreros de Urama, caballos y todas las facilidades. Fue peón y se atrevió a domar potros a la manera brusca y violenta de la sabana. Después galopaba o trotaba a los animales amansados. Allí se hizo también peón de purasangres. Aprendió a limpiar, vendar y prácticamente se hizo preparador cuando apenas quería ser jinete.

 

Ahí donde hoy está la Iglesia de Los Isleños, en la Avenida Fuerzas Armadas, poco más abajo, hacia San Agustín, en donde llamaban La Mata, estaba la caballeriza del General Galavís. Cuando comenzó la temporada, los caballos fueron traídos de Urama, Con ellos llegó el aprendiz Manuel Jiménez, se traqueaba no el hipódromo sino en La Planicie y en El Calvario. Era un riesgo atravesar la ciudad montando purasangres incontrolables.

 

Un día se le desbocó un caballo de Urama al aprendiz Jiménez. Cruzó siete calles. Se cruzó con el tranvía, los quitrines de los verduleros, los perros del camino y con una mudanza en parihuela. Así llegó el caballo hasta la puerta de la caballeriza, sin nada que lamentar, como no fuera el susto tremendo del aprendiz. Percance parecido le pasó a Nicolás de las Casas. Pero con el agravante de que Nicolás salió vuelto pedazos y no murió entonces porque no le había llegado su hora.

 

Jiménez debutó en 1920 montando a Fox Trot. Tenía instrucciones precisas. Entonces valía todo: codazos, zancadillas, tiradera de las riendas, foetazos y hasta empujones. Fox Trot llegó pero fue distanciado y el jinete multado con cinco pesos.

 

Una lesión de la pierna, sufrida en un accidente grave que le llevó seis meses de recuperación, hizo crisis y por eso Jiménez decidió hacerse preparador de purasangre. Tomó a Verdun, de Nicolás de las Casas e Ignacio Pérez Velásquez. Debutó ganando como preparador.

                                                                                                             

Buscando mejores horizontes se fue hacia USA. Trabajó para George Finningan y regresó a Caracas y conduce en algunas carreras antes de emprender nuevo viaje hacia el Norte. En 1931 regresó a Caracas y sacó matricula de jinete y preparador. Trabaja con Fernando Talavera en la caballeriza de Quinta Crespo.

 

Contaba Jiménez que, al pasar por San Francisquito, de paso hacia El Paraíso, salía un muchachito que se emocionaba con los caballos de carrera. A veces se ponía al lado de ellos y corriendo los acompañaba hasta donde llegaban sus fuerzas. Ese muchachito era Pedro Emilio Yumar.

 

En el año 1965, con 68 años de edad, obtuvo nuevamente su matrícula de preparador. Preparaba caballos suyos o de sus amigos. Al fin y al cabo, jamás se había desvinculado de la vida hípica. Diariamente iba al hipódromo y nada, ni la lluvia ni el verano, lo sacaban de las carreras. Manuel Jiménez explicaba, cuando se le pregunta a qué vuelve como preparador: “Es que Ia gallina muere con la pepita en la lengua”.

 

Fuentes: Extraído de la revista Turf

 

Anécdotas Hípicas Venezolanas, sábado 19 de diciembre de 2020

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