Anécdotas Hípicas Venezolanas presenta

Kincsem, la húngara que recorrió Europa

Editado por Juan Macedo

 

Esta es la historia de Kincsem, una yegua flaca, contrahecha, panzuda, fea y antipática. En 1878 el Príncipe Paul Esterhazy invertía sumas considerables en la cría de purasangre en Kisbery, Hungría. Tenía una yegua madre llamada Waternymph, que parió a la potranca fea que posteriormente se llamaría Kincsem (o sea Mi Tesoro).

 

 

Todo caballo de carreras, cuando es famoso, tiene su historia. Kincsem tiene la suya que comienza cuando el Príncipe ordena a sus mayordomos que la vendan a ella y a la madre porque deslucen en el conjunto de sus bellezas equinas.

 

Había un criador interesado en Waternymph pero no quería a la hija. El Príncipe rechazó la oferta. Vendía a la yegua a condición de que se llevaran también a su fea hija.

 

El criador tuvo que aceptar y cargó con sus dos yeguas. El nombre de Kincsem lo recibió la potranca en su nueva residencia.

 

Una noche, Kincsem fue robada por una tribu de gitanos. Ya estaba lista para entrar en la pista cuando ocurrió el robo. El propietario logró establecer que el ladrón era un anciano gitano. En vez de violentarse, tuvo la ocurrencia de preguntar por qué había preferido a aquel monstruo equino en vez de robarse a una o varias de tantas bellezas equinas que había en las caballerizas. El gitano dijo que el destino de aquella yegua se leía en las estrellas. EI propietario se burló discretamente y se llevó a Kincsem. La yegua no iba a correr. Pero en la mente del propietario bullía la bruja expresión del gitano.

 

Kincsem debutó una tarde de junio de 1876. Su propietario no fue a verla porque no valía la pena. Era cuestión de tantear, por varias veces, a ver qué salía de la profecía del gitano. Kincsem debutó ganando por doce cuerpos. Su propietario se impresionó seriamente y la envió de inmediato para un compromiso que podía significar un esfuerzo mortal. La despachó hacia Hannover para correr contra Double Hero, ganador del Derby Alemán. Kincsem ganó por margen incalculable.

 

Carrera tras carrera, Kincsem fue ganando y ganando. En Hamburgo, Francfort y Baden Baden ganó carreras clásicas. Paseó victoriosa por Europa. Volvió a Budapest y ofreció un raro espectáculo. Estaba en la pista para cuadrar en la línea de banderas. Se puso a comer hierba, razón por la cual fue obligada por peones y jinete a ubicarse en el sitio indicado. Kincsem no obedeció y el juez de partida bajó la bandera. La yegua quedó parada y largó con doce cuerpos de retraso llevando su mazo de hierba en la boca. No importó porque alcanzó a sus rivales en la recta y ganó por buena ventaja.

 

Kincsem era fea, triste, desarmada y apática fuera del fragor de la carrera. Se la pasaba con los ojos entornados como si estuviera enferma. Marchaba con la cabeza gacha. A veces había necesidad de castigarla para que caminara.

 

Un día la embarcaron hacia Inglaterra, para probar suerte con ella en la catedral del hipismo. La pobre yegua se mareó terriblemente por el viaje en barco. Mareada y todo fue metida en carrera. Iba a vérselas con Pageant, caballo invicto propiedad del Príncipe de Gales, bisabuelo de la actual Soberana británica.

 

Kincsem se durmió en la nea de banderas, Cuando se dio la partida, estaba soñando. Los gritos de la multitud la despertaron y arrancó con mucho retraso, los aficionados lamentaron aquel contratiempo porque perdían la oportunidad de ver el anunciado duelo entre ambos campeones. Kincsem no tardó mucho en brindar lo deseado. Comenzó a descontar ventaja hasta tanto se puso a diez cuerpos de Pageant que punteaba fácil la carrera. En doce brazadas más la yegua estaba cerca del caballo. Y ante la histeria de la concurrencia, se puso al costado de Pageant, luego se le miró cabeza a cabeza y finalmente tenía tres cuerpos de ventaja cuando cruzó el disco de llegada. El Príncipe de Gales quiso comprar a la yegua y ofreció una suma considerable por ella. El propietario rechazó la oferta diciendo que no se lo perdonarían en su país si vendía a Kincsem.

 

Kincsem corrió hasta la edad de 7 años. Como hemos dicho, compitió en 54 carreras y nunca fue derrotada. Es un record singular que conocen los investigadores y los historiadores picos.

 

Cuando regresó a Budapest, Kincsem fue alojada en el Palacio. La gente iba en romería para verla de cerca. Cuando murió a los 14 años de edad, Hungría lloró a Kincsem. Nunca hubo un atleta más idolatrado que aquella yegua. El esqueleto de Kincsem fue armado y colocado como una reliquia en el Palacio del mismo nombre. Sus cascos fueron montados en oro y conservados como un tesoro en la finca de su propietario.

 

Fuentes: extraída de la Revista Turf.

 

Anécdotas Hípicas Venezolanas, sábado 28 de enero de 2017

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